miércoles, 1 de octubre de 2014

Movilidad de grandes grupos. Descripción de los accesos a una plaza de toros


La movilidad en grupos de personas accediendo a los edificios que acogen importantes eventos capaces de congregar a miles de personas no es patrimonio de nuestra modernidad. Tenemos muchas referencias históricas sobre este tipo de movimientos de masas desde la antiguedad, empezando por el circo romano hasta llegar a los actuales estadios donde se practican deportes que atraen a miles de personas. 

En esta ocasión me parece oportuno destacar dos textos escritos en el siglo XIX que relatan, a su manera, la movilidad que generaban las personas que se agrupaban en multitud, aún siendo de distinta procedencia social y geográfica, hacia su lugar de encuentro, en este caso una plaza de toros; uno de los mayores eventos populares que había en la España de finales del siglo XIX. Al leer estos textos resulta interesante hacer un ejercicio de extrapolación a nuestros días con los aficionados que acuden a los estadios de futbol para disfrutar/padecer de su amado equipo y buscar las similitudes y diferencias que cada uno pueda encontrar.

Plaza de toros de Madrid
 Fuente: Imagenes del viejo Madrid
"El lunes, día de toros, es día de fiesta. Nadie trabaja, y la ciudad entera se muestra conmovida. Los que no tienen billetes, se dirigen a toda prisa a la calle de Carretas, donde está la taquilla, con la esperanza de encontrar una localidad; estas localidades son numeradas, cosa verdaderamente digna de elogio que bien pudiera imitarse en los teatros de Francia. La calle de Alcalá, que es la vía donde desembocan las calles más transitadas, hierve de gente de a pie, a caballo y en coche. Para estas fiestas salen de las cocheras los viejos calesines llenos de polvo y las carretelas más extravagantes y barrocas que pueden figurarse, ostentando caprichosos arreos y unas mulas formidables. Los calesines recuerdan los carricoli de Nápoles: enormes ruedas rojas, una caja sin ballesta, adornada con pinturas alegóricas y forrada de damasco o de jerga con franjas de seda y en todo ello un estilo rococó de lo más divertido. El cochero va sentado en la vara, desde donde dirige y azota a la mula, dejando así un sitio más a su cliente. La mula luce todas las plumas, madroños, cintas, penachos y cascabeles que se pueden colgar en los arreos de un animal. En el calesín van ordinariamente una manola con su amiga y un manolo. En la trasera se agrupa un enjambre de chiquillos materialmente colgados del coche que corre veloz como el viento entre un torbellino de polvo y gritería. Hay también carrozas de cuatro o cinco mulas, cuyos modelos habría que buscar en aquellos cuadros de Van der Meulen, que muestran las correrías, las fiestas de caza de Luis XIV. En este día salen a relucir todos los vehículos, pero lo típico entre las manolas, que vienen a ser las grisetas de Madrid, es el calesín para ir a los toros. Si es preciso empeñan los colchones para obtener el dinero de la entrada, y sin ser muy virtuosas los demás días de la semana, el domingo y el lunes lo son mucho menos. Se ven así mismo labriegos que llegan a caballo, siempre con su carabina en el arzón de la silla; otros llegan en burros, solos o con sus mujeres. Y aparte de esto, la gente elegante que va en calesa, y la multitud de honrados ciudadanos y de señoras tocadas con mantilla, que marcha a pie y de prisa, para no perderse la salida de las cuadrillas, ni el espectáculo previo de un piquete de la Guardia Nacional a caballo que sale a despejar el ruedo momentos antes de que un mozo tome de manos del alguacil, que huye precipitadamente, la llave del toril, donde están encerrados los toros."

 Viaje por España por Teófilo Gautier 


Calle de Alcalá.  Fuente: Imagenes del viejo Madrid
Otra versión de estos acontecimientos nos la ofrece Richard Ford:

"A la tarde siguiente la multitud acude en tropel a la plaza de toros. No hay que preguntar por el camino: basta con lanzarse a la corriente, que en estas cosas le arrastrará seguidamente consigo. No hay nada que pueda compararse a la alegría y brillantez del público español que va ansioso y engalanado a la corrida. No se moverían más de prisa si fuesen corriendo de algún peligro. Las calles y los alrededores de la plaza aparecen llenos de gente, ofreciendo al extranjero ese espectáculo, pues la verdadera España se ve y se estudia mejor en las calles que en los salones. Ahora, al viajero inglés no puede caberle duda de que se encuentra fuera de su casa y en un nuevo mundo; alrededor de él todo es una perfecta bacanal; todas las clases están confundidas en una corriente de seres humanos, un cruel pensamiento inflama todos los corazones y un mismo corazón late en diez mil pechos; cualquier otro asunto está olvidado; el amante abandona a su amada si ella no quiere acompañarle; el médico y el abogado renuncian a sus enfermos, a sus escritos y a sus honorarios; la ciudad dormida se despierta, y todo es vida, ruido y movimiento, donde al día siguiente reinará calma y el silencio de la muerte; la inclinada línea de la calle de Alcalá, que a diario es ancha y triste, como la plaza de Portland, constituye en ese momento la aorta de Madrid, y resulta estrecha para la enorme circulación; va entonces llena de una masa densa, de abigarrados colores, que culebrea como una pintada serpiente que va en busca de su presa. ¡Qué polvo y qué baraúnda! La alegre multitud lo es todo, y, como el coro griego, siempre está en escena. ¡Qué típicos los trajes de la gente del pueblo!, pues sus superiores sólo van a la moda del bulevar o del último figurín inglés. ¡Cuánta manola! ¡Cuánto amarillo y rojo! ¡Qué de flecos y volantes! ¡Qué enjambre de pintorescos vagabundos arremolinándose alrededor de las calesas, cuyos salvajes caleseros corren al lado de ellas dando latigazos, gritando y blasfemando! Esta clase de vehículos, de forma y de color napolitanos, están ¡ay! llamados a sacrificarse en aras de la civilización, para sustituirlos con el vulgar ómnibus y el coche de punto."

Cosas de España. 
El país de lo imprevisto 
por Richard Ford

Podemos comprobar que el espectáculo ya existía antes de llegar al recinto. De la misma manera que en la actualidad hay espectáculo tanto cuando vamos al estadio de fútbol como cuando estamos dentro de él.

    


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